La chica de Tuvalu

Hace poco conocí una tuvaluana. No sería tan raro si no fuera porque en 東京 Tokio ella es la única que hay, siendo 3 en Japón, lo que es inferior a la población de Marte en 2023. ¿Cómo se puede saber? Bueno, Tuvalu es un país remoto de la Polinesia, el cuarto más pequeño del mundo, con poco más de once mil habitantes. ¡Once mil, sí! Pensemos un momento en la pequeñez del asunto. Albacete (caga y vete) tiene 172.000 habitantes. Teruel (existe) tiene 35.000, como estudiantes tiene la Universidad Autónoma de Barcelona. Y además, la población está distribuida entre 8 islas en medio de la nada. Así pues, los tuvaluanos que reciben una beca para ir al extranjero, es normal que también ejerzan de embajadores del país, dando charlas y demás.

En un acuario al que fuimos ella pensaba constantemente en comerse los peces, que es lo que más echa de menos de Tuvalu. No es una damisela japonesa sino una Na’vi, una Mononoke, de antepasados caníbales y gran habilidad para danzas isleñas, cosa que demuestra en los sitios más inesperados. Por su aspecto podría decirse que viene de mil años en el futuro, fruto de una mezcla de razas, con piel de color café au lait. Y lo lleva así de bien:

Podéis imaginar el cambio de vida que supone mudarse de la capital de Tuvalu (Funafuti) a la capital de Japón. El primer contacto con la masa humana de 新宿 Shinjuku casi hizo que se desmayara, me dijo. Le sorprendía que la gente se pinte la cara de colores, alucinaba con los altos edificios. Los ruidosos trenes le daban miedo al principio, así como las escaleras mecánicas, que estuvo un tiempo evitando. En cuanto a la orientación… Digamos que en su isla nunca necesitó leer un mapa, ni tomar puntos de referencia, ni posicionarse mentalmente. Se toma sus constantes extravíos como una aventura.

Y es que Tuvalu no es una megalópolis… En lo económico, salió de la lista de los países más pobres del mundo cuando su gobierno vendió parcialmente el dominio “.tv”. ¡Eligieron bien el nombre! Otro de sus pilares es curiosamente la exportación de sellos destinados a la filatelia. Mucha gente, por su parte, come de lo que pesca o cultiva, por lo que apenas participa en lo que la Wikipedia define como “la economía menos dinámica del mundo”. Eso sí, el 100% de tuvaluanos de Tokio me aseguran que es un lugar paradisíaco donde todos sonríen, que vale la pena visitar.

A quien quiera aventurarse sepa que se convertirá en la comidilla de isla por un tiempo, ya que allí todos se conocen y están en gran medida emparentados. Para ir deberá coger varios aviones (3 desde Tokio) con la última escala de 1 ó 2 días en Fiyi. El punto más alto sobre el nivel del mar es de sólo 5 metros, de modo que el país entero está muy por desgracia condenado a ser engullido por el océano en las próximas décadas. Pero aún se puede ir a conocer este rincón paradisíaco, antes de que la estupidez humana acabe con él.

A mí, la Pocahontas de Tuvalu me ha convencido.

Mudarse a Marte

La organización Mars One está recopilando solicitudes para irse a vivir a Marte el año 2023. Los cuatro pioneros seleccionados para el primer viaje navegarán por el espacio 7 u 8 meses para no volver jamás a la Tierra. Viajarán en un espacio muy reducido, sin duchas, con el ruido constante de la ventilación y otros aparatos, con sólo comida congelada-deshidratada-enlatada. Durante 3 horas cada día tendrán que hacer ejercicio para evitar la pérdida muscular, y si fueran alcanzados por una tormenta solar, tendrían que confinarse en un refugio aún más pequeño varias jornadas. Y tú te quejas por un viaje de 6 horas en avión.

En la página web están colgados los videos de 1 minuto de los solicitantes. Por cierto, buscando candidatos japoneses he averiguado que, entre los más de 10.000 solicitantes, de momento sólo hay uno. Y no decepciona. Resulta interesante que unas 10.000 personas (¡de momento!) estén dispuestas a abandonar para siempre la Tierra para irse a vivir con 3 desconocidos a Marte, con sólo 4 nuevos habitantes cada 2 años. Los elegidos serán pioneros que achicarán cualquier hazaña anterior, que vivirán el resto de su vida en habitáculos de 50m2, si no explotan o se congelan por el camino, y sean quienes sean tienen todo mi respeto. También los señores Mars One, que lo financiarán principalmente a base de crear el mayor fenómeno televisivo a nivel mundial jamás visto.

Sólo hay un detalle que me chirría, y es esta descripción de la vida en el Planeta Rojo:

“…They will also be able to shower as normal, prepare fresh food (that they themselves grew and harvested) in the kitchen, wear regular clothes, and, in essence, lead typical day-to-day lives.”

Entiendo. Typical. ¡TYPICAL! Todo extremadamente typical, sí, excepto por minucias como vivir con no más de 3 personas a un 38% de gravedad, imposibilitado de salir sin traje espacial, cultivando para siempre tu propia comida y siendo una superestrella mediática de una base EN MARTE. A mí, en realidad, me parece tan typical day-to-day que aunque fuera no creo ni que lo mencionara en el blog.

Los aspirantes tienen que explicar por qué quieren irse, describir su sentido del humor y decir qué les hace el perfecto candidato. Yo no sé si soy muy estricto, pero de los que he visto ninguno me ha parecido un claro vencedor. Si algo he aprendido buscando trabajo es que tienes que venderte bien incluso en las preguntas en las que apartentemente no te están poniendo a prueba. Puedes ver qué atributos les interesan en conferencias como esta, aunque son de sentido común. Si empiezas diciendo que no tienes nada que te ate a la Tierra, pues hombre, puede parecer sospechosillo…

Así que para tí, aspirante a marciano con dudas, dejaré que este video-solicitud infalible, el mío, te sirva como modelo. El secreto está en hacer gala de todos tus valores humanos y éticos, pero sin dejar de parecer natural. El salto a la Historia está garantizado:

La determinación vasca

En la ventana de un restaurante español cercano hay pegado un mapa de allí, el país de los Chupa Chups. Me despierta especial interés la colocación del País Vasco. Conociendo a los oriundos de mi tierra natal, no descarto que entre cuatro, hartos de la lluvia, hayan agarrado la comunidad autónoma y la hayan movido más pa’ la derecha.

Mapa japonés de España

De jueguista Publicado en Fotos

Para corazones valientes

La cadena de comida rápida ロッテリア Lotteria está ayudando a promocionar la nueva película de Evangelion con una peculiar hamburguesa. Jugando con la “Q” del nombre del film, decidieron ponerle nada más y nada menos que 9 pisos. Esto es porque ellos pronuncian la “Q” como “kyuu”, que a su vez significa “9″ en japonés.

Como buen aventurero que soy, decidí ir a poner a prueba mis arterias batiéndome en duelo con semejante torre. Lo que me dieron, como suele ocurrir, fue ligeramente distinto a la hamburguesa modelo de la foto:

9段バーガー, hamburguesa de 9 pisos

De jueguista Publicado en Fotos

Qué es y qué no es madurar

Madurar es dejar de intentar lavarse ambos sobacos al mismo tiempo, para empezar la fase donde uno va después del otro.

Madurar es ver este dibujo…

… Y no describirlo como “delfines en una botella”.

Madurar es dejar de intentar sacar el euro del carrito del súper con su propia cadena.

Madurar es no culpar al perro y apechugar con tus errores. O culpar al perro de forma muy inteligente.

Madurar es dejar de tener menos razón que tus mayores.

Madurar es en definitiva ser más consciente y más realista.

Bueno, todo esto ya se sabe así que no me alargo. Lo importante de esta entrada es lo que sigue ahora, lo que debería decirse más y nunca se dice: qué no es madurar.

Madurar no es dejar de disfrazarse, bailar y hacer el ridículo.

Madurar no es dejar de leer mangas o jugar a videojuegos.

Madurar no es dejar de hacer cosquillas a traición.

Madurar no es cambiar tu batido de fresa por una cerveza.

Madurar no es preferir las películas de actores a las de dibujos.

Madurar no es amenazar con ataques nucleares a tus países vecinos cada vez que te sientes gordo.

Madurar no es dejar de hacer bromas y volverse “serio”.

Madurar no es dejar de ir por ahí en monociclo, si eso es lo que te hace ilusión.

Madurar no es comprarse un traje y hacerse banquero.

Madurar no es dejar de imaginarse cómo sería tu vida si fueses una jirafa voladora.

Madurar no es volverse aburrido, amigos. Aunque muchos lo vean así.

La mejor receta para nattō

No encontrará usted nunca, lector de mundo, comida japonesa más odiada por los occidentales que el 納豆 nattō. Su aspecto ya no promete mucho, viscoso y difícil, advirtiendo al comensal incauto de su monumental error. Y ni siquiera es este el sentido al que es más desagradable. Su fetidez es legendaria, pero ¿qué puedo decir del gusto? La wikipedia en español habla de “un sabor no muy adaptado a los paladares occidentales”. Una forma diplomática de decir que sabe como a huevo pasado de cocodrilo gonorreoso, incubado en un charco de petróleo por un oso hormiguero… Siendo generosos. Así pues, ahora que lo he vendido bien ofrezco la mejor receta para lidiar en lo posible con el asunto nattō:

Hay que saber que la receta empieza en la tienda donde venden este latigazo de los sentidos. Puede encontrarse en cualquier supermercado, se encuentra fácilmente porque las Biblias arden espontáneamente en un radio de 4 metros. Llegados al lugar exacto, el primer paso es acelerar el ritmo y pasar de largo, a ser posible muy de largo (notas: para mayor velocidad puede usarse una bicicleta. Bolsa en cabeza recomendada). En este punto se le quita al nattō su etiqueta de comida “exótica” y se mete en la sartén del tabú. Se baña el nattō en una solución de indiferencia y se condimenta al gusto con desinterés. Después se enfría su recuerdo y se filtra cuidadosamente cualquier intención de comerlo. Entonces se amasa despacio una saludable aversión por él. Ya casi hemos terminado. Queda trocear a conciencia las posibles ofertas futuras, sin dejarse ninguna. ¡Y llega el paso final!: se compra usted a cambio un sabroso pollo frito.

Esta es desde luego la mejor receta que hay para 納豆 nattō. Espero que haya sido de ayuda.

Discusiones de grupo

En el proceso de selección de selección de las empresas japonesas, aparte de exámenes y entrevistas varias, suele haber lo que llaman discusiones de grupo. En ellas normalmente se plantea una pregunta y los participantes tienen que discutir sin turno de palabra, hablando cuando les parezca, sobre la respuesta. Voy a comentar el caso más interesante que he escuchado, le tocó a una amiga en una empresa de hoteles y residencias. La pregunta decía así:

Cinco personas viajan en un barco: una pareja, un anciano, un amigo del novio y el capitán. En un momento dado el barco choca contra una roca, y el grupo se reparte en los 2 botes salvavidas. En uno van el novio y su amigo; en el otro, la novia, el anciano y el capitán. La corriente separa los botes de forma que cada uno llega a una isla desierta, sin saber nada del otro grupo e incomunicados. La novia se pasa los primeros días preocupada por el paradero de su pareja y mirando el mar. Al final, divisa una isla en la que cree que puede estar su novio, y le pide al capitán que la lleve. Tras hablarlo, el capitán accede a llevarla pero sólo con una condición: antes tiene que acostarse con él. Ella duda durante unos días, y le pide consejo al anciano. El anciano responde que haga lo que a ella le parezca correcto. Finalmente, ella accede al trato y consiguen llegar a la isla, donde están los otros 2. Al cabo de un tiempo de vivir juntos, ella le confiesa a su pareja lo que pasó con el capitán, por lo que el novio se enfada muchísimo y la repudia. El amigo del novio, viendo que ella está destrozada, le ofrece apoyo emocional.

De los cinco personajes, ordenen de mejor a peor cómo ha sido su comportamiento en la historia.

¿Casi nada, eh? Para hacerlo más interesante, voy a contar qué conclusión sacó el grupo de mi amiga:

1- Amigo

2- Anciano

3- Novio

4- Novia

5- Capitán

¿Qué os parece? ¿No es un poco injusto para la novia? En la discusión, por lo visto lo racionalizaron diciendo que “ella debería estar pensando en la supervivencia de los que están en su isla, no en irse a otra”. En cuanto al novio, ella me dice que “estará enfadado al principio, pero seguramente se le pasará con el tiempo”. No sé, yo creo que estamos ante una muestra de pensamiento arcaico japonés. En cuanto al anciano, me parece que hace muy poco como para merecer un segundo puesto. Podría haber intentado hablar con el capitán, por ejemplo. Involucrarse un poquito. ¿Así pues, sería este un resultado habitual en occidente?

Por cierto, no entiendo por qué la novia necesita al capitán para llevar un bote… Pero dejemos menudencias aparte.

Dos años desde el terremoto

Nunca escribí nada sobre el terremoto, el tsunami o la central de 福島 Fukushima. Será por falta de espíritu periodístico, o pensaría que ya está todo contado, o quizás es que no trato temas de los que no pueda reírme. Pero escribo un blog, vivo en Japón y aquello fue un episodio importante tanto en este país como en mi memoria. Aquí lo llaman 東日本大震災 Higashinihon daishinsai, “el Gran Terremoto del Este de Japón”. Hoy voy a hablar sobre ello.

Hace ahora 2 años menos un día me propuse ir a dormir temprano, lo que significa (claro) que me pasé toda la noche en la cama despierto. Como si mi cuerpo lo anticipase, y no pudiera calmarse, el insomnio se apoderó de mí hasta el mediodía. Por este motivo el desastre me cogió durmiendo, convirtiéndose en lo que probablemente fue el peor despertar de mi vida.

El miedo no fue inmediato. Tras medio año en Japón, había vivido ya varios terremotos y me los tomaba con mucha calma. Apenas interrumpían mis ejercicios con la guitarra, casi no daban conversación si estaba en el salón con los amigos. No pasaban de un leve temblor, una vibración del suelo de unos segundos. Pero ese fue diferente. Se movía el suelo, las paredes, la ropa colgada se balanceaba tanto que no me sentía en tierra firme, sino en una suerte de camarote, agitado por una marea violenta. El miedo me lo contagiaron los vecinos con sus gritos, pues esa era la prueba definitiva de la magnitud del seísmo. Mirando las paredes empecé a temer a que se derrumbaran, pues tal y como se movían parecía perfectamente posible. Con ese pensamiento, y viendo que no se terminaba, pensé en ponerme debajo de la mesa, pero entonces, al fin, paró.

En ese momento no conocía la escala del terremoto, ni sabía nada del tsunami… Sólo quería algo de “desayunar”, así que salí a comprar. En la tienda, por cierto, me atendieron con toda la naturalidad y cortesía de siempre, como si nada hubiera pasado. No fue hasta volver a la residencia que me engulló el remolino informativo. Los inquilinos que estaban fuera iban llegando uno a uno, todos a pie, por supuesto, algunos desde muy lejos, con las anécdotas más variopintas. Los había que estaban trabajando en un piso 20, o en un piso 40, y habían visto los edificios como juncos, por la ventana, tambaleándose para no caer. A un compañero de clase le pilló el asunto en la ducha, que también es mala pata.

Hay algo que nos pasó a muchos, y es que sufrimos una sensibilización hacia cualquier temblor, resultando en que durante semanas creíamos notar terremotos al menor movimiento del sofá, silla, etc. A ello no ayudaba la inmensa cantidad de réplicas que vinieron durante esos días. Nunca había vivido tantos terremotos por semana, se convirtió en algo habitual, aunque después del seísmo de hace 2 años dejaron de ser una vibración que uno pueda ignorar. Recibíamos avisos a lo móviles antes de que ocurriera, una alarma de que el suelo empezaría a temblar en cualquier momento. En este video podéis ver con perspectiva la cantidad de réplicas que hubo, algunas de las cuales recuerdo bastante vivamente:

Lo siguiente fue lo de la radiación. Yo no entendía muy bien la jerga en japonés sobre reactores nucleares, pero parecía que había habido un fuga radioactiva… Y se dirigía hacia Tokio. Uno no lo piensa a menudo, pero que el aire sea perfectamente respirable es algo que damos por sentado, igual que suponemos que el suelo se va a quedar quieto y podemos confiar en él para apoyarnos. Sentir que estas cosas básicas fallan daba una sensación de intranquilidad difícil de describir. Recuerdo que cuando la nube radioactiva se cernía sobre Tokio, mi novia de entonces y yo salimos a comprar comida para poder quedarnos en casa unos días. Nos pusimos guantes, bufandas, máscaras, capuchas… Parecíamos unos buzos de esos del siglo XIX. Sin embargo, al salir, nos sentimos un poco ridículos. Hasta había ancianas comprando por la calle con la cara totalmente descubierta.

De las noticias iniciales que recomendaban lavar la ropa cada vez después de salir a la calle, vinieron otras diciendo que el nivel de radiación en 東京 Tokio era tan dañino como lo es el polen. ¿Para qué tanto revuelo entonces? Hubo muchas desgracias durante esos días, sobre todo para los afectados por el tsunami y los residentes de las cercanías de Fukushima. Circulaban historias sobre cómo estos habían tenido que abandonar sus casas, teniendo poquísimo tiempo para coger sus cosas, e incluso videos horribles del ganado abandonado muriendo de hambre o de la explosión en la central. Hubo también cortes de electricidad para ahorrar luz, como en las escaleras mecánicas de las estaciones. Hubo radiación en el mar. Por la televisión no hablaban de otra cosa, y si hablaban de otra cosa había igualmente unas letras con alertas de terremoto e información similar. Así pues, es normal que la moral de un país esté baja, y la gente se resista a hacer vida con normalidad. Puedo incluso comprender que dieran la alarma en la tele hace poco por un “津波 tsunami” de 1 metro…

Dicho esto, y teniendo en cuenta la imprevisibilidad de la central, afirmo ahora que la prensa occidental exageró enormemente el impacto de la radiación (llegando a hacer comparaciones con 広島 Hiroshima) y su posible efecto en la capital. No hay una sola persona occidental que no me dijera lo mismo de las noticias de su país, tanto en Europa como en Norteamérica. El drama vende, y dramatizaron.

Volví entonces a Barcelona, a petición de mis padres, y mi universidad (la UAB) organizó una reunión para convencernos de que no volviéramos. Se lo recomendaron incluso a unos que vivían en el sur de Japón, que está más lejos de Fukushima que Corea. El resultado fue que todos los que veníamos de Japón regresamos sin pensarlo, y todos los que iban a ir por primera vez se retractaron. Tuvimos menos estadounidenses en clase en el segundo trimestre, pues sus respectivas universidades les prohibieron ir.

La cantidad de llamadas y mensajes fue abrumadora. La visión que tenía occidente era apocalíptica. Aproveché pues mis pequeñas vacaciones para soprender a algunos amigos, que pensaban que aún estaba en Japón, entrando en sus casas sin avisar. Creo que nunca podré superar el impacto que causé con mi sola presencia.

En mi viaje de vuelta no fuimos muchos. De hecho, nunca había volado en un avión tan vacío.

Debería existir… El orco del ascensor

Esta es sin duda una de las mejores ideas que he tenido en toda mi vida. Hay que imaginarlo así:

Llegas a casa/trabajo cansado y vas al ascensor. En el último momento entra también ese pesado semiconocido con el que te da pereza hablar. Murmuras un saludo. Haces ademán de abrir la boca para soltar algún comentario sobre el tiempo, lamentándote a la vez por tu falta de dignidad, pero entonces aparece: un fiero y musculoso orco, de mirada asesina y peor actitud irrumpe en escena. En este punto todo se hace más claro: “‘¡Cuidado con el hacha!” “¡Sujeta el brazo!” “¡agáchate, por tu vida!”… Cuando llegas finalmente a tu piso, ya puedes desinfectarte las mordeduras y aliviado suspirar ¡uf… Y pensar que por poco hablo del tiempo!